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Notas

Empezamos el 2016 como nos gusta... Ascendiendo al Cordón del Plata!!

Nos encanta la montaña y así arrancamos el año. El 9 de enero nos fuimos al Cordón del Plata, uno de los lugares más lindos de montaña de Argentina y vivimos una experiencia increíble junto a Diana, Alejandro, Sergio, Nacho, Mario y Carlos. Un grupo de lindos entusiastas y motivadores que nos han contagiado esas ganas de disfrutar la vida en la naturaleza. Les dejamos un lindo relato que escribió Alejandro Preckel, uno de los integrantes de la expedición y que supo volcar en palabras todo lo vivido en esos días. Un relato al mejor estilo viajero-expedicionario para no perderselo!! Gracias Alejandro! .


Alejandro Preckel partipante de la expedición al Plata 2016 nos cuenta su experiencia

El HostelSavigliano y otras yerbas mendocinas
Mi viaje a Mendoza en colectivo fue lo suficientemente largo, unas veintitantas horas, como para poner nervioso a un elefante, pero yo no podía comenzar así. Me enyoguicé y leí, y cuando la noche cerrada no me lo impidió, miré el paisaje a través de la ventanilla. Por lo demás, las pésimas películas no hicieron mella en mi humor. Al bajar del micro tomé mis mochilas - una grande y otra chiquita - y di un largo e innecesario rodeo (solo luego me percataría de ello) que me depositó, chorreando sudor, en la puerta del HostelSavigliano, donde había reservado una cama en habitación compartida y con aire acondicionado, a fin de pasar decentemente la noche. Me atendió el Tano Alessandro, quien se había fugado de su país natal porque no le gustaba trabajar, y así fue que entró a la Argentina como turista y nunca hizo los papeles para quedarse. Ergo, está de polizón, de paso, si hasta no depende de él. “Siempre se está por ir” – me decía Carlos, un compañero – “A Brasil, a algún lado”. Claro, a algún lado donde no tenga que laburar. Lo cierto es que este tano vago como él solo está en la argentina como la soda en el caño del sifón. Esa fue una de las dos cosas que más me llamaron la atención cuando desembarqué en la ciudad. La otra fue pura audición: la tonada mendocina, especie de súplica sumisa y lastimosa que a un forastero prejuicioso como yo le pareció un poco ladina. Perdón, mendocinos, es mi problema, no es suyo.
Calor, calor, calor. Mendoza era un infierno de calor. Me comuniqué por celular con Diego Barreto “El Chino”, uno de mis guías, a quien conocía de una salida al Lanin. Esta vez, Diego hacía yunta con Julián, su socio. Benjamín, la tercera pata de esa sociedad montañera, había quedado en San Martín de los Andes recuperándose de una lesión. Diego y Julián andaban de compras y quedaron en pasar por el hostel a chequear mi equipo, llegaron al rato, y enseguida comenzaron a surgir cosas de mi mochila como si fuera la galera de un mago: campera de plumas, bolsa de dormir, linterna frontal, medias térmicas (muy elogiadas), anteojos para sol, un puñado de etcéteras y un par de botas rígidas sin estrenar que había comprado en Chile y que desafortunadamente me serían inservibles.
- “Hummm, ¿Sos muy friolento vos? Estas botas son buenas, pero allá arriba se necesitan botas dobles. Esta están en el límite…”
No me costó mucho esfuerzo comprender que Diego practicaba la dialéctica a la japonesa. De modo que “están en el límite” debía entenderse como: hacete vos solo el harakiri y alquilá botas dobles o no subís.
- Okey.
Pasado un rato, me había acomodado en una computadora a chequear mis mails cuando un nuevo rumor se escuchó en el lobby del hostel: llegaba una señorita que, según decían las voces susurrantes, también formaría parte de nuestro grupo. Diana, que tal resultó llamarse, también chequeó su equipo. A fin de completarlo, Diego le había traído una bolsa de dormir y unos guantes. Además, Diana también tendría que alquilar botas dobles, y convenimos en ir juntos por ellas esa tarde. Diego y Julián nos señalaron en un planito de la ciudad algunos lugares donde podríamos conseguirlas.
Diana era de Alpachiri, un pueblito de La Pampa, de 2500 habitantes, y supe luego por sus dichos que había subido el Lanin porque lo vio y le gustó. Esa historia no me resultó ajena. Aquel cono emblemático es como un canto de sirena en medio de los Andes. No es un volcán, sino un áurea de voluptuosa sensualidad de la cual se sirve la montaña para atraer a los ingenuos como nosotros. Sin ir más lejos, Carlos, un uruguayito corredor de medio fondo compañero suyo, había caído víctima del mismo embrujo y ahora sería también de la partida para El Plata.
Puertas y ventanas de aquella vieja casa devenida en hostel permanecían abiertas suplicando por una poco de brisa fresca, y aunque ello fuera en vano, me permitió vislumbrar de refilón la fugaz pasada de un joven que se esfumaba en dirección a la calle. Otro de nuestros compañeros, según aquellas mismas voces susurrantes habían señalado. A Nacho no lo vería más hasta el momento de la partida.
Diana, que había dormido poco en el colectivo, se fue a descansar, mientras yo me iba al centro y como es habitual, me perdía en el trayecto. Aunque ya estoy acostumbrado a estos traspiés, me dio bastante bronca. Después de dar unas vueltas, llegué por fin a la calle San Martín y busqué algo para comer. Me decidí por una hamburguesa. También había pollo, muchos lugares donde vendían pollo, toneladas de pollo muerto, como si se quisiera exterminar una plaga. Poyo, poyo, poyito, para matar el apetito. Comparada con Puerto Madryn (y según sabía de esa misma temporada, con otros lugares turísticos de nuestra querida Argentina), los precios en Mendoza resultaban muy accesibles, y así como la sangre fresca exacerba a las bestias, la posibilidad de gastar poco potencia al miserable: me comí una hamburguesa de oferta a gañote seco. El salvaje empezaba a surgir, la naturaleza no es bucólica y mañana deberíamos mimetizarnos con ella.
Las seis de la tarde nos agarró a pleno rayo de sol, atravesando la ciudad a pata caliente en busca de aquellas botas dobles que deberíamos alquilar. Cruzamos la vía del tren, llegamos casi a las afueras y debimos retroceder: los precios nos espantaron. Al fin, conseguimos alquilar en un lugar donde el precio era conveniente… solo para sus dueños. Entonces comprendí que en Mendoza a la guita se la lleva la montaña y no la más ingente necesidad de vivir.
Cayendo ya la tarde, en el barrio de la terminal había un sinfín de bares donde una horda de zombies permanecía inmóvil con un único objetivo: pasar las horas de calor. No se percibía esfuerzo alguno en sus caras de nada, y ni siquiera la cerveza era agotada de sus vasos. Era como una película deprimente que saltaba cada doscientos fotogramas.
A la noche fuimos a cenar, a no más de cincuenta metros del hostel a fin de evitar el agobio del calor: poyo con ensalada, pesos sesenta y cinco, y cerveza Andes de litro, pesos cuarenta. Transportado a Puerto Madryn (milanesa con ensalada, pesos ciento treinta y cinco), a todas luces un precio marciano. Luego, a descansar. El aire acondicionado de mi habitación había permanecido encendido todo el día. Al entrar lo apagué, y en aquella cálida noche de verano mendocino, pleno enero rajatierra, dormí plácidamente tapado con una frazada liviana. El calor, la muchedumbre, las compras, las acequias, los trolebuses y las mesas de los bares en las veredas con aquella caterva de zombies se habían esfumado al fin bajo el irrefutable influjo de la somnolencia.


En el Refugio Mausy
El comedor del HostelSavigliano se encuentra en el tercer piso de aquella casona subvertida, en lo que parece haber sido una azotea que ahora se encuentra techada. El lugar me recuerda un poco a la antigua casa de mis abuelos maternos, debido a su distribución y la profusión de ambientes, y además porque aquella casa de alto tenía una gran terraza en la cual se erguía el cuarto de radioaficionado de mi abuelo, alejado de todo. En ambos casos, tanto a la terraza de mis abuelos como a la azotea techada del Savigliano, podía accederse por una escalera interna con escalones de granito, y también por otra externa, bastante empinada y de hormigón.
Cuando subí a desayunar, aún no había levantado el sol y ya pintaba el calor. Me serví café, unas tostadas y mermelada. Enseguida apareció Diana, quien solo picoteó algo muy frugal, dado que según me dijo no estaba acostumbrada a desayunar nada más que unos mates. Cuando terminé, bajé a comprar unos sobres de champú en los negocitos que hay en el túnel que conecta la cuadra del hostel con la terminal. Al regresar, chequeé mis mails y esperé hasta que pasaron a buscarnos. El grupo venía en dos vehículos, una Suzuki cinco puertas piloteada por Diego, a quien acompañaba Carlos, el crédito uruguayo, un rubio correcaminos apasionado de la montaña, y una Amarok en la cual venían Sergio y Nacho, un dúo Padre – Hijo de Concepción del Uruguay, Carlos, del barrio de Almagro, y Julián.
Sergio tenía más o menos mi edad, quizás un par de años menos. Su aspecto era corpulento y su semblante algo serio. Nacho, su hijo, de ojos sesgados y carácter apacible, irradiaba armonía, delicadeza y tranquilidad. Carlos, por su parte, otro veterano del Lanín, había llegado en avión desde Buenos Aires. Muy apocado, hablaba en un susurro. Nos saludamos y cargamos nuestras mochilas en la Suzuki. Enseguida, las camionetas salían en tándem como una mini expedición inadvertida para el resto del mundo que dejaba atrás el infierno de la ciudad. Nos dirigimos al sur transitando la ruta del vino, y en la zona de Agrelo tomamos la ruta 7 hacia Potrerillos, donde compramos yerba, cargamos agua caliente y compramos dos docenas de típicas tortitas mendocinas para el mate.
La caravana trepó por un camino sinuoso y encajonado que lleva a Vallecitos, una villa donde hay algunas cabañas para turistas y casas de fin de semana. Pasando el puesto del guardaparque que se encuentra a la salida, continuamos la subida hasta llegar a un lugar donde había dos o tres refugios. A la izquierda, un poco más arriba, estaba lo que quedaba del antiguo centro de esquí de Vallecitos, ahora forzosamente cerrado debido al cambio climático. Nuestros vehículos caracolearon por última vez y se detuvieron frente a una pequeña cabaña a la que nuestros guías se habían venido refiriendo como “Refugio Mausy”. Una gran bandera argentina flameando al viento presidía el lugar. El sol nos apuntaba desde arriba cuando comenzamos a descargar nuestras cosas.
Desde fuera, era imposible imaginar la distribución de Mausy: en una misma planta había un palier cerrado donde se amontonaban los petates y las mochilas, a continuación del cual se abría el ambiente principal, un comedor–cocina en el cual se desarrollaba la vida social del refugio. En el lado opuesto a la entrada, una puerta vaivén daba paso a un angosto antebaño con una bacha en cada extremo. Los baños en sí, donde uno hace las cosas más urgentes, eran dos cubiles diminutos, y en uno de ellos estaba la ducha. Dos ventanucos corredizos que daban al exterior, al contrafrente, podían abrirse en aquellos cuchitriles cuando los vahos, más o menos olorosos, apremiaban en el interior. Desde el comedor se accedía a un dormitorio con varias cuchetas, donde ahora se alojaban unos cuantos extranjeros, y en una planta inferior que se había construido aprovechando el desnivel del terreno, existía otro cuarto, oscuro y encerrado, que también contaba con cuchetas para unas ocho personas, donde arrojamos nuestras bolsas de dormir. Yo elegí una cama superior cercana a la perilla de la luz y también de la única ventana de aquel cuarto. La ventana me serviría más tarde para orear mi toallón (limpio), y mis medias y botas (no tan inodoros como aquel). El ambiente más agradable era el comedor, donde nos juntábamos a leer, charlar y comer. Compartíamos la estadía con un grupo de franceses clásicos y un italiano solitario, ya mayor, cuya profusa cabellera blanca se desparramaba en mechones largos y anárquicos alrededor de su cabeza, como si fuera una medusa.
Las paredes del comedor de Mausy estaban decoradas a la típica usanza de los refugios de mentaña: láminas y fotos de escalada que mostraban viejos alpinistas y picos escarpados, pero descubrí una fotografía, solo una en particular, que aguzó mi curiosidad: se trataba de un retrato en sepia donde aparecía una joven de cabellos rizados y que según creía yo, databa de los años 50 o 60. Su semblante sereno miraba a nuestra izquierda y parecía apuntar lejos, muy lejos fuera del refugio. Otra circunstancia, más notable a mi modo de ver, llamó mi atención: todo el mundo en el refugio ignoraba a aquella joven, y ni siquiera había algún signo a su alrededor que me permitiera comprobar la primera y única hipótesis que se me ocurrió en referencia a aquel retrato. Particularmente, siempre han llamado mi atención los retratos anónimos colgados en sitios públicos, porque dicen mucho de la gente del lugar. Es más, esos retratos quieren ser consultados, esa es la idea tácita, una regla de honor y sensibilidad, y yo tenía que averiguar quién era ella, pero solo lo hice bastante más tarde, y entonces, ahora voy a jugar un poco con ustedes y haré como que aún no lo sé, para que juntos lo descubramos luego. Ahora debíamos salir.
Dice mi diario de aquel día (el texto entrecomillado y en cursiva señalará de ahora en adelante notas que transcribo textuales de mi cuaderno de viaje) “Hoy subimos hasta Las Veguitas, paso tras paso, aclimatando, entrenando el gesto de caminar, tanteando la respuesta de nuestro cuerpo, rogándole que se acuerde del entrenamiento, golpeando suavemente nuestras cabezas para que el cerebro colabore con lo suyo. Para eso hemos trabajado antes. Pero bueno, a tres mil metros y recién llegados, era el propio cerebro el que golpeaba desde adentro.” Llegamos hasta un lugar llamado Piedra Grande, pasando Veguitas inferior y superior. Habíamos seguido el curso de un arroyo de deshielo, pasando por roqueros y verdes prados donde pastaban tropillas de caballos. En aquellos tres parajes había lugares de acampe donde plantaban tienda caminantes y montañistas. “Arriba, en Piedra Grande, comimos unas tortillas rellenas con jamón y queso. Agua, agua y agua, y unos mates, infaltables, para hidratar. La sangre debe ser fluida y correr. Como el pan, nuestros glóbulos rojos deberán multiplicarse para alimentar nuestros músculos al caminar. Agua natural, agua bendita, agua espléndida y vital. De vuelta en el refugio, la ronda del mate fue larga y relajada. Cuando el sol comenzó a caer algunos se animaron a pensar en un baño. Me di una ducha y me relajé.


Cumbre en el Cerro San Bernardo
“Dormí poco. Creo que por tanto mate en la tarde de ayer. Pero sé que dormí porque en una de esas me desperté y pensé: ¿qué pasó con la fiesta? Y me di cuenta de que había estado soñando que organizábamos una fiesta con mis amigos de la adolescencia y yo era el encargado de conseguir la música. ¿Qué iban a decir ellos? Me levanté al mismo tiempo que nuestros guías y al rato, fuimos sumándonos todos al desayuno. Yo opté por una cosa rara que no repetiría nunca más: mate cocido saborizado con vainilla, una especie de postre líquido empalagoso. El pan lactal con dulce de leche estuvo mucho mejor. La subida al Cerro San Bernardo sería de unas cuatro o cinco horas. Arrancamos nuevamente hacia Las Veguitas y allí viramos a la derecha. El tiempo estaba claro y yo salí de manga corta. Otros prefirieron un buzo o una campera liviana. La senda fue fácil y bajamos hasta un curso de agua que baja de la montaña. Lo vadeamos de un salto. Tiziano, el italiano solitario, iba con nosotros.”
Lo cierto es que antes de salir, aquel tano senior corpulento, de ojos claros y cabeza de medusa sujetada con un pañuelo enroscado había consultado para unírsenos. Tiziano vivía cerca de Milan y hacía este viaje como regalo de su reciente jubilación. Por nuestro lado no hubo problemas y los guías consintieron, aunque advirtiéndole que sería bajo su propio cuidado y responsabilidad. No conocíamos aún la rica vida montañista de Tiziano, no exenta de dramatismo, quien desde entonces fue uno más de nuestro grupo. Fuimos descubriendo de a poco su historia, al mismo tiempo que se acrecentaba nuestra simpatía y reconocimiento hacia él: había sido montador de equipos industriales, pero su verdadera pasión era la montaña. Cuando joven, había escalado el Fitz Roy, cuando aún no existía El Chaltén. Aún más, era amigo de CesariMaestri, un trentino protagonista de un controvertido primer ascenso al Cerro Torre en conjunto con Tony Egger, este último barrido por un alud mientras descendían. Cuando joven, durante una escalada técnica en Las Dolomitas, nuestro nuevo compañero había visto despeñarse a su compañero y morir aplastado por una roca. También había escalado en el Himalaya, y en los Andes, ostentaba la cumbre del Aconcagua. En esta oportunidad su intención era subir el Tupungato, pero no lo dejaron ingresar debido al riesgo de avalanchas. Entonces, torció el rumbo hacia Vallecitos. Tiziano hablaba buen castellano, pero algunas cosas se le atravesaban. “Mis mujeres me dejaron venir, pero ya no más soltero. Mis mujeres tienen temor desde que mi compañero murió. Mis mujeres me dejaron venir, es un trato de amor, pero no más soltero.” Tardamos en darnos cuenta de que tenía trastocado el singular por el plural, y que usaba soltero por solo. Lo cierto es que Tiziano tenía una capacidad de marcha y un espíritu formidables. Además, estaba bien equipado. De extrema humildad pese a sus logros, fue un compañero muy solidario.
Continuamos nuestro ascenso al Cerro San Bernardo, sobre esto, escribiría luego en mi cuaderno de viaje: “Luego de vadear el arroyo comenzamos a subir por un acarreo muy suelto, aunque para arriba iba bien. Mario se sintió mal, estaba descompuesto. Diana lo había visto vomitar fiero. Julián se retrasó para asistirlo (Julián, encargado de la asistencia paramédica, es patrullero en Chapelco). El resto seguimos a Diego, quien buscaba las mejores vías de trepada por una ladera de inmensas rocas quebradas y apiladas, que parecían haberse dejado caer de una mano gigantesca. Al fin llegamos a la cima, unos 4200 metros, y un grupo de italianos llegó por detrás nuestro. Tiziano se puso a conversar animadamente con ellos.”
Cuando bajamos, Julián, que había debido regresar antes acompañando a Mario que seguía descompuesto, daba los últimos toques al guiso de lentejas con longaniza y ajo que estaba preparando para la cena. Luego de la cena y el baño, los guías nos reunieron a fin de planificar las actividades para los días siguientes, y se discutió largamente el tema de las mulas de acarreo. Aquellos animales podían transportar sesenta kilos por cada par de orejas, aliviando definitivamente nuestro esfuerzo. El asunto se debatió largamente: que dos, que una, que solo de subida, que de bajada también, y se especuló sobre el precio. Al fin el grupo se puso de acuerdo: dos mulas para subir, ninguna para bajar, y se llamó por radio al mulero.
- Atento atento mulero para Mausy. A cuanto están las mulas, cambio.
- Hasta el 20 no hay mulas.
- ………………..!!!
Nunca fue más elocuente el silencio de radio. La inexistencia de mulas había dejado descolocados a nuestros guías. Pero Julián enseguida se iluminó y surgió el desafiante plan B: nos portearíamos nosotros solos, la expedición sería más genuina y de paso aclimataríamos mejor que dando vueltas alrededor del refugio como si fuera una calesita. Así es que al otro día nos levantaríamos temprano para emprender una trepada de siete horas hasta los 4200 metros del campamento El Salto, llevando cada uno 8 a 10 kg de equipo técnico, más abrigo y comida del día, y regresaríamos luego a dormir a Mausy. Para celebrar el acuerdo sobre el nuevo plan y distender el ánimo del grupo, el guiso fue regado con un par de cervecitas, y corrieron como agua las anécdotas de montaña.
- Chino, ¿Sabés quién era Mausy?
- No…
- Te cuento.
Mi corazonada se cumplió. Mausy había fallecido en la montaña. Pero no solo eso, había sucumbido en su descenso luego de coronar el Aconcagua, y más aún, había sido la primera mujer argentina en lograrlo. Mausy murió de hambre y de frío, atrapada por una tormenta. Su esposo se salvó literalmente a duras penas, y un tercer compañero había quedado también en la montaña. Su historia era paralela a la de PassangLemu, primera mujer sherpa en hacer cumbre en el Everest, quien también pereciera durante la bajada, ayudando a un compañero. Claro que PassangLemú Sherpa es una heroína para su pueblo, hay una fundación en su nombre, y diversas circunstancias la veneran, mientras que Mausy, aquella gran mujer que aún mira serenamente la montaña desde su retrato colgado en la pared del refugio, es poco menos que desconocida, aún para los guías de montaña. Esta historia, relatada por el esposo de Vanessa, encargado del lugar, logró sorprendernos a todos.
Pasadas las anécdotas, y un poco más tarde que ayer, nos fuimos a dormir. La noche anterior, los ronquidos habían devastado mi descanso, y ahora, otra vez, desde la cama de abajo surgieron con fuerza los resuellos y gruñidos, tanto o más que antes. Nadie me lo ha sugerido, ni hay fuente que afirme tal versión, pero creo que algún día se hará justicia y el revisionismo popular devolverá su dignidad a esos seres mitológicos que penan afligidos en las horas nocturnas. Si señores, yo creo que el Lobizón, Drácula y la Llorona son espíritus en agonía que han padecido el tormento máximo de los ronquidos ajenos. Rostros desencajados y llantos afligidos, ojos inyectados por la tensión, acosados por una sed nocturna que la crispación de sus mandíbulas les impide saciar, han sido presa de las mayores torturas noctámbulas, aquellas que niegan el descanso y ponen al ser en vela, frenético y despabilado, aún en el cansancio extremo. Y es entonces cuando la ira se desata, sin que ya nadie, ni nada, la pueda detener. Exageraciones, dirán, pero aquella noche, el mal extremo que se opone al descanso debió ser mitigado entre dos: mientras yo tiraba de la bolsa de dormir del roncador, Nacho lo punzaba con el mango extendido de su go-pro, y felizmente, luego de unas rápidas escaramuzas, los ruidos se apagaron y logré dormir. Una vez más, lo supe por las hilachas de mis sueños, que volvieron a ser imágenes gratas de mi adolescencia.

Primera trepada a El Salto
Para el desayuno del día siguiente cambié el horrible mate cocido saborizado por un café cortado, pero insistí con el pan untado con dulce de leche. También había miel, mendicrim y galletitas dulces, pero los hidratos del pan y la materia grasa y el azúcar del dulce de leche me parecieron más nutritivo en el corto plazo, a la vez que sabroso, para comenzar con energía una nueva jornada en la montaña. Los guías repartieron la carga para el porteo, que incluía las carpas, bolsas con alimentos, piquetas y grampones. Tipo ocho y media logramos estar todos listos, y luego de que Vanessa nos retratara en grupo para la foto del día del fbMausy, partimos nuevamente rumbo a Las Veguitas. El día estaba despejado y aún sobre los tres mil metros de altitud, prometía nuevamente calor. Pasamos La Vega Superior e hicimos un alto en Piedra Grande. Allí nos percatamos de que Mario no venía bien, seguía sufriendo el mal de altura, al que se le había sumado una inflamación en la rodilla que le impedía seguir. Tiziano le ofreció un analgésico potente, pero el dolor era intenso y la hinchazón, muy evidente. Lamentablemente, Mario debió bajar acompañado por Julián, quien dejó su mochila en el lugar para recogerla a la vuelta. Pasado este mal trago, con la guía de Diego encaramos una larga travesía, similar a la espina de pescado del Lanín, que luego de entretenernos largo tiempo desembocó en una dura trepada, escarpada y terrosa que llaman “El Infiernillo”, más que elocuente por su sola denominación. En el recodo de un estrecho cañadón, donde era posible recoger agua de un arroyo de deshielo, nos detuvimos a descansar y comer. Desde allí continuó la trepada, y luego de girar una ladera, vimos a lo lejos una especie de plataforma colgada en el flanco de la montaña. A la distancia, parecía una inmensa fortaleza, propia de algún relato épico, algo así como Masada. Una profunda hendidura, como una tronera gigantesca, partía el lado izquierdo de aquella extraña meseta. Ahí arriba estaba el campamento El Salto, y por el tajo en su lado izquierdo caía la cascada que da sentido a su nombre. Pero aún estábamos a horas de llegar. En la montaña, como si se tratara de espejos deformados, nada está tan cerca como parece.
Marchábamos entonces por el mismo camino angosto y pedregoso que diariamente transitan las mulas del porteo. Trescientos metros por debajo del Salto debimos sortear una angosta cornisa en la cual no era improbable despeñarse, pero la suela de nuestras botas y los bastones clavados del lado del monte fueron efectivos, aunque era difícil imaginar cómo se las arreglaban allí aquellas mulas. aún sospecho que debía haber un atajo para ellas. Justo debajo del campamento pasamos cerca de la cascada, y el último trecho de aproximación fue por un lugar poco elegante: el baño, dos grandes rocas que hacían de biombos naturales, aunque las excepciones eran evidentes. Llegábamos por fin al campamento “El Salto”. Por segundo día consecutivo, pisábamos los 4200 metros de altitud, esta vez, luego de una larga trepada que se había prolongado por siete horas. Había una buena cantidad de carpas, y los guías buscaron entre los huecos disponibles los mejores lugares para nuestras tiendas. Las armamos y colocamos dentro el equipo, luego de lo cual nos sentamos al sol a comer una picada. Al rato llegaba Julián, agotado y famélico. Había dejado a buen resguardo a Mario, para enseguida dar la vuelta, recoger su mochila en Piedra Grande y subir al Salto sin parar. Además, hubo otra circunstancia por la cual resultó bienvenido: traía la yerba en su mochila. Ese día, regresamos a Mausy para la hora de la cena, unas estupendas pizzas amasadas por Vanessa. Eso sí, se había agotado la cerveza, pero Tiziano remedió su ausencia con una copa de vino medio pelo que le sirvieron de una damajuana.
Toda expedición a la montaña tiene sus momentos de seriedad, y esto ocurre en las ocasiones en las cuales se planifica. Esa noche, mate y café de por medio, los guías pelaron sus notebooks y consultaron el pronóstico del tiempo, luego, nos hablaron. Conclusión: era entonces catorce de Enero, y el pronóstico de cumbre daba óptimo el 17. El plan sería subir al Salto al día siguiente, culminar la aclimatación al segundo día, y subir al tercero, bien de madrugada, idealmente hasta los seis mil metros del Cerro El Plata. Todo esto fue dicho con esa impostura tradicional de los guías de montaña cuando deben comunicar sus decisiones.

Segunda trepada hasta El salto
Al día siguiente me di una panzada de pan tostado con dulce de leche, además de las tortitas que habían quedado desde el día de nuestra llegada a Mausy. Sergio, por su parte, seguía dándole duro a la miel. Partimos como a las nueve y media, y se habló mucho en las paradas. Tiziano estaba muy interesado en estas charlas y lo disfrutaba plenamente. Se hablaba de política exterior, de las similitudes entre América y Europa, de los gobiernos, de la democracia, del medioambiente, de la sustentabilidad, de las vacas de la India, de la soja, de la calidad de las proteínas, de la huella ecológica, del petróleo, de las bicisendas, de la energía y del derroche.
Una vez arriba, hubo una cuestión práctica que resolver: como dormiríamos. Uno ya sabe que los guías dejan siempre que el grupo decida, y al final, resolví seguir el curso que alguna charla anterior había ido perfilando. Por un lado, había confianza entre Diana y Carlitos, quienes se conocían del Lanín, y siguiendo lo hablado con ella cuando aún éramos seis, decidí unirme a su carpa, resignando, sin más remedio, la posibilidad de compartir tienda con Sergio y Nacho. Ellos, en función de su corpulencia, dormirían más cómodos que si fuéramos tres. Pues entonces, adentro de las carpas arrojamos nuestras cosas y nos tiramos un rato a descansar. Bueno, un rato casi todos nosotros, menos Diana que apoliyó como un tronco hasta la hora de la cena. Esa capacidad para dormir era una de sus virtudes, pilar de una fisiología privilegiada.
- ¿Cómo entrenás, Diana, vos?
- Camino todos los días alrededor del pueblo, y a veces salgo por las chacras.
- (¡!).
Y en el desayuno, toma mate pelado.
Otra circunstancia del grupo que me llamó la atención fue que no había aficionados a la fotografía. Claro que Nacho documentaba frecuentemente utilizando su go-pro, pero cámara grosa, nadie había traído. Carlitos, Diana y Yo teníamos unas pequeñas maquinitas, y Diego también la suya, con la cual filmaría escasamente para su página web.
El Salto es un sitio especial, ubicado en un balcón de la montaña desde el cual, en noches despejadas, bajo uno de esos cielos limpios que solo se disfrutan en las alturas sin contaminación, pueden verse hacia el este las luces del embalse Potrerillos y más abajo, el amplio resplandor del Gran Mendoza. Y en otras noches, como las que también nos tocó vivir, uno ve desde arriba las tormentas eléctricas que arrecian sobre el llano, tremendos rayos y refucilos que delinean de repente el contorno hinchado de las nubes, repletas de corrientes ascendentes, granizo y promesas de calamidad, y que se mueven furiosas en una dirección que deseamos intuir, para al fin descubrir que no nos tocará.
La madrugada previa al ascenso disfruté intensamente de una de esas tormentas memorables, arropado dentro de mi bolsa de dormir. Descansábamos con los pies apuntando al llano, y al percibir los refucilos, abrimos un resquicio en la ventana del ábside para ver qué pinta tenía el cielo. Cuando descubrí aquel espectáculo, le pedí por favor a Carlitos que abriera un poco más y me aboqué a deleitarme con la tormenta. Teníamos días de más, y yo no iba a afligirme por un posible retraso por causa del mal tiempo, pero Carlitos me confesaba más tarde que él se había sentido muy asustado por la imponencia de aquella tormenta que había estado más o menos a nuestra altura y que, según me dirían en el hostel a mi regreso, había azotado fieramente a la ciudad de Mendoza.
Durante el día, el campamento a veces parece flotar sobre un manto de nubes densas que las corrientes de convección suben hasta Mausy, y que luego rebotan y se deslizan por los contrafuertes laterales de la cordillera. Todos los días que estuvimos allí se cumplió el mismo ritual meteorológico, aunque a veces, según se dice, el decurso del tiempo es bastante menos grato para los que acampan aquí, cuando las fauces de la tormenta devoran el lugar y apuntan sus rayos histéricos sobre ellos. En esas circunstancias, se torna crítico alejar piquetas y grampones metálicos de las carpas para evitar ser chamuscados por un rayo.


Día de “descanso” en El Salto
El día siguiente amaneció soleado y se mantuvo el buen tiempo durante todo el día. Como es habitual, yo no dormí casi nada y me sentía con sueño, aunque no cansado. No me preocupé, porque sabía que mi físico, cuando lo necesitara, iba a descansar. Lo sabía por la experiencia del Domuyo, aunque quizás esta vez había algo que me era desconocido y que podía jugarme en contra, y ese plus agravante eran las alturas inéditas y las distancias a recorrer en la gran cordillera. Pero ahora descansábamos y nos dispersábamos en charlas amenas y camaradería, y las anécdotas de montaña corrían como agua. Luego de almorzar, siguiendo el plan del día, salimos a realizar una práctica de reconocimiento hasta el campamento avanzado de La Horcada. Al fin era hora de calzar las botas dobles y tantear el paso para la subida final del día siguiente. Sobre la nieva blanda y profunda, los guías nos enseñaron a marchar con y sin piquetas, con y sin grampones, a subir, a bajar, a caer y a (intentar) detener nuestra caída. Carlitos estaba radiante como un chico.
- Que linda la nieve, tan blanca…
- Tan pura…
- Lo disfruté mucho.
“Volví muy cansado, y en ese momento mi percepción fue que ello se debía a mi propio estado físico de base. La entereza de mis compañeros, quienes no acusaban desgaste alguno, acentuaba mi intuición. Aunque no me dolía nada ni sufría mal de altura, el esfuerzo me había agotado y no veía que ocurriera lo mismo con el resto del grupo. Todos ellos estaban muy entusiasmados para el día siguiente. Ante esta realidad personal, yo no quería ser una carga para el día siguiente. Le comenté esto a Sergio, y sintiéndome triste y melancólico, decidí no continuar. Sentía ganas de estar nuevamente con mi familia. Estaba muy cansado, más no lo sentía como un fracaso. Me retiré a cavilar al fondo del campamento, entre carpas desconocidas, y me quedé un largo rato parado allí, tratando de desnudar mi intimidad para así comprenderla mejor.” El Chino estaba bajoneado por mi decisión, y casi en una súplica, me rogó seguir. Ellos venían observando al grupo, midiendo saturación de glóbulos rojos, monitoreando la ingesta de agua y alimentos, siguiendo el estado general, y en ese sentido yo venía bien, pero ahora sentía que no había terminado mi recuperación de la salida a La Horcada. El ritmo de marcha había sido intenso y la subida, en esa corta trepada, empinada y trabajosa, y ahora estaba abatido por el cansancio, mientras que el resto tenía la adrenalina disparada al cielo. En lo que quedaba de la tarde traté de ser útil para levantar nuevamente mi autoestima, y me ofrecí para ir a buscar agua con Julián, pero desistí, dado que solo iba a retrasar su labor. Cenamos aún de día, devolví mi piqueta y los grampones y nos fuimos a dormir muy temprano. Diego me había enseñado a usar el jetboil y me indicó donde estaban las provisiones para cuando me quedara solo.
Dentro de la carpa… “Diana y Carlitos repetían constantemente lo que había que llevar: lo puesto, campera de refuerzo, agua y equipo técnico. Al entrar en la carpa tuve un mínimo amago de mejoría, pero me sentía muy inseguro. Mi aún inconsciente amago de optimismo pasaba nada más que por la intuición de que podría dormir. Por las dudas, dispuse mis cosas a mano como si fuera a salir. No llevaría pilas de repuesto y no olvidaría mis guantes gruesos. Faltaba recargar agua y tenía comida de marcha. El resto era lo puesto y el equipo técnico. Y me dormí. No sé a qué temprana hora de la madrugada bíblica me desperté. Era otra persona, no solamente recuperado de mi estado de unas horas atrás, sino más fuerte aún que cuando había comenzado la expedición. Pero ahora, una fierísima tormenta eléctrica nos amenazaba por delante y hacia el sur. Diana seguía durmiendo, que no le costaba mucho, y Carlos tenía miedo, pero para mí era un espectáculo estupendo, otra épica manifestación bíblica, o bien un símbolo mítico de los paganos, la furia titánica de los dioses que nosotros veíamos pasivos por el ábside de la carpa a medio abrir como si se tratara de una pantalla de televisión.” Luego de un tiempo indeterminado cuya magnitud ninguno de nosotros tres pudo estimar, la tormenta se alejaba hacia el sur, y la vez que los truenos se desvanecían, las voces se iban animando afuera, hasta que oímos acercarse unas botas sobre las piedras y detenerse frente a nuestra carpa. El cierre explotó en un largo e interminable chirrido. Había que salir.

El día cumbre
Aún estaba dubitativo, pero vestirme y preparar la mochila me resultó fácil, y la última novedad que torció mi decisión del día anterior fue que al calzarme las botas dobles las sentí livianas. Por lo demás, no sentía ninguna molestia ni ansiedad. La vergüenza de regresar a casa sin haber cumplido mis objetivos mínimos había desaparecido. Ya no iría a defraudar a todos los que me habían apoyado, comenzando por mi familia. El fracaso de haber subestimado mi capacidad para derrumbarme como un muñeco de barro bajo la lluvia se había disipado. No hacía frío y mis botas dobles volaban. Ahora me sentía fuerte para salir y continuar con mi plan: calma y economía de movimientos. Cada uno estaba en lo suyo y nadie se percató de mi novedad. Aseguré mi piqueta en la mochila y esperé la salida. En una noche sin luna, partimos en plena oscuridad.
“Esquivamos las carpas al fondo del campamento y encaramos despacio las piedras sueltas y los primeros manchones de nieve helada. Pronto, la pendiente se hizo más pronunciada. Los guías marcaban la marcha con un ritmo que me pareció más lento que el del día anterior, aunque tal vez esto haya sido una apreciación subjetiva. Al rato montamos el filo que conduce a La Horcada. El fresco de la noche hacía viable aquella trepada que al rato culminaba en intensidad en un tramo escalonado de nieve dura que antes nos había complicado bastante y que ahora había que ir labrando a golpe de bota. Por delante de nosotros, como a medio kilómetro, dos pequeños grupos nos precedían a la luz de sus linternas. Cuando llegamos al campamento avanzado, ya se percibía actividad. Nos sentamos a descansar del lado externo de una pirca circular que se encontraba llena de nieve.”
En esta primera parada, sorpresivamente Sergio se sintió mal. Dijo que venía sufriendo un terrible dolor de cabeza – cosa que no le había ocurrido hasta ese momento – y decidió no seguir. Tomó la cuestión con mucha calma, cosa que me sorprendió, y quiso detenerse en el lugar para bajar más tarde enganchado con algún grupo que viniera de regreso. No hubo caso. Los guías charlaron con la gente del campamento y Sergio quedó a buen resguardo. Su deserción fue inesperada, dado que su estado y desempeño habían sido óptimos hasta esa madrugada. Pero estimo que esto ha sido para él solo un contratiempo pasajero, dado que su empuje y entusiasmo ya lo han llevado a planificar la siguiente expedición, y no precisamente a las sierras de Tandil. La verdad es que Sergio es un toro, de esos que no se mancan en la topada.
Ayer, mejor dicho unas doce horas antes, habíamos visto desde La Horcada el terreno que debíamos seguir. Se trataba de una larga travesía ascendente que avanzaba hasta el pié del Cerro Vallecitos bordeando una ladera que desembocaba en una especie de anfiteatro de nieve dura. Así es que antes de continuar debíamos calzar grampones. Al final de aquella marcha, al alcanzar los 5200 metros, montaríamos el coll que une el Cerro El Plata con el Vallecitos, y una vez allí, de acuerdo al estado general del grupo, se decidiría el rumbo a seguir. En lo inmediato nos esperaba un desnivel de quinientos metros que salvar, sin posibilidad de detenernos en el trayecto por falta de un lugar adecuado. Los primeros vestigios del amanecer surgieron cuando dejábamos atrás el campamento avanzado, y en pleno faldeo sobre nieve dura, debimos sobrepasar al más relegado de los grupos que nos precedían. Como es regla en la montaña, nos apartarnos de la senda para hacerlo, avanzando por debajo de ellos para no incurrir en un riesgo ni acoso incómodo para ellos.
A paso constante, seguimos avanzando. Mi transformación desde la tarde anterior (escasamente unas horas) había sido notable. Me sentía bien, no me dolían las piernas y no me faltaba el aire. Me concentraba al máximo para no desperdiciar pasos, miraba continuamente el terreno que tenía delante de mis botas, mis grampones mordían firmemente el hielo y progresaba sin esfuerzo. El último trecho antes de llegar al coll lo hicimos muy lento. El Chino marcaba los escalones con su piqueta y nos alentaba continuamente. Yo no entendía porque nos llevaba tan despacio y trataba de discernir quién de nosotros era el que se sentía más cansado y requería mayor recuperación. Al fin llegamos a una especie de “silla de montar” que une en la lejanía los cerros Vallecitos y El Plata, y que cae lateralmente hacia ambos lados en inmensos canales glaciarios, resabios de antiguos campos de hielo que bajaban de las altas cumbres y de los que ahora nada queda, salvo sus moldes gigantescos y lustrosos por la erosión, el soplo fugaz de sus recuerdos, y las rocas arrastradas en su empuje final hasta la nada. Todos habíamos llegado bien y nos montamos a ese coll a tiempo para el té de la mañana.
“La experiencia previa y la práctica habían disipado toda ansiedad. Todos estábamos bien, y nuestro ritmo era uno solo, sin quejas ni planteos. En ese lugar encontramos al otro grupo que había venido caminando por delante nuestro. Se trataba de tres muchachos que enseguida partían nuevamente. Luego de un buen descanso, delcalzamos los grampones y comenzamos nuevamente a trepar, ahora por una especie de cascajo terroso y podrido que no imaginé encontrar en ese lugar. Íbamos en busca del segundo coll, el cual une el Cerro Vallecitos con El Plata. Solo asomar la cabeza encima de aquel nivel fue tener toda la cordillera al alcance de nuestra vista, con el Aconcagua destacando nítido y macizo en su cara sur, escarpada y riesgosa. Habíamos llegado muy bien, los guías estaban contentos y rayaba la euforia. Sonriendo, nos desafiaron a seguir al Plata, estábamos enteros y seguros. Aquel 6000 nos esperaba agazapado en su dureza, pero el tiempo y la paciencia estaban de nuestro lado, y la última pendiente dura que nos prometieron, por encima de los 5600, no lograba asustarnos por el momento.” Una pampa inmensa se abría a nuestro frente, en dirección al objetivo. Nunca imaginé que pudiera ser así, pero ahora cavilo en Perú, el trayecto entre Juliaca y Arequipa, justo antes de emprender la bajada a la Ciudad Blanca, también una vasta planicie terrosa, tan alta como el Tibet, seca y escasamente poblada de vicuñas, que relega la vista del Volcán Misti a una simple lomada. Pero aquí, en esta pampa pelada a 5200 metros de altura entre el Plata y el Vallecitos, no había nada salvo el rastro humano, ni siquiera el cóndor. Tres kilómetros de trepada sostenida nos separaban de la cumbre. En el trayecto, habría que atravesar algunos manchones de nieve, rodear por un faldeo un cerro menor llamado “Platita” y encarar luego la pendiente más agresiva. Todo ello estaba ante nuestra vista, tal era la amplitud de aquel espacio. La altitud sería el rival a vencer, o mejor dicho, aquel amigo sin concesiones que nos llevaría de la mano en la fatiga y uniría nuestras fuerzas hasta un límite del cuál nosotros no éramos conscientes.
“Un espacio absoluto, un extraño sostén aluvional del cual se desprenden hacia abajo por más de mil metros profundos socavones que hace miles de años llenaban glaciares portentosos. El clima ha virado, la geografía ha cambiado y el hombre ha mutado. Ahora, un puñado de nosotros hemos llegado hasta aquí. Esto no es épica, no buscamos eso. La épica es filosa de verdad, a la vez que incógnita total. Toda epopeya es celebrada y por eso llena libros enteros, aunque pueda haber también epopeyas que reinciden, vívidas y dramáticas para sus protagonistas, desconocidas para el resto. El mundo está lleno de ellas. Quizás, ese par de jóvenes israelíes que nos sobrepasaron calzando zapatillas de paseo, livianamente equipados, sin guía, con un toque de soberbia y sin muchas ganas de hablar, y que caminaban como si fuera un paseo a orillas del Río Jordán, digo, quizás esos jóvenes hubieran sobrevivido a una epopeya real. Lo pienso, lo digo.”
“También Hay epopeyas que nacen de la inconciencia, pero pocas veces es así, porque inconciencia no es audacia. En la épica de cualquier tiempo, según el resultado de una empresa, sus protagonistas habrán sido audaces o inconscientes, una conclusión ambigua y arbitraria. Como es el caso de aquella otra joven guía que surgió de repente por encima del coll de los 5200 – las nubes se disipan siempre – fue su sentencia, muy tranquila. Su cliente permaneció callado. Debiera existir el vocablo “aconsciente”, cuyo significado sería “que no tiene consciencia”, por contraposición a inconsciente, o sea, quien ignora la voz de su conciencia. Entonces, el aconsciente sería inimputable, tanto como lo es el ignorante. Lo analizo, me intriga, dudo, no lo comparto, aunque el argumento para llegar a probar que el sujeto aconsciente es reclamable plenamente por la responsabilidad de sus actos llegue a ser materialista e imperfecto. Los invito a hacer el ejercicio de conceptualizarlo.”
Bien, ya hemos conocido a esos otros especímenes humanos que deambulaban con desparpajo en nuestras inmediaciones, al tiempo que nosotros nos preocupábamos por aquellos fieros cumulonimbos que se formaban violentamente hacia el Este. Nunca vi semejante velocidad en la formación de una tormenta. No alcanzamos a calzarnos los grampones por segunda vez. Nuestros guías observaban el cielo y calculaban, mientras Tiziano comentaba que una de esas nubes se había tragado cuatro almas en las Dolomitas para expulsar sus cuerpos inermes trescientos kilómetros más allá. “Muchachos, por seguridad tenemos que bajar”. Debíamos desmontar desde unos 5400 metros de altitud. La radio que nos unía con Mausy estaba fuera de alcance, era un elemento inútil.
“Lástima bajar, a 3 kilómetros del Plata. Puchereando de emoción habíamos llegado a ese otro manchón de nieve, el último tramo a recorrer con grampones calzados. Seis argentinos, un uruguayo y un veterano montañista italiano detenidos en un lugar irreal, colgado del cielo. Cumbre de seis mil metros al alcance de nuestras botas. ¡Qué importa lo duro que fuera lo que faltaba! Nuestros cuerpos eran ya viejos conocidos de cada cual, cada uno saludaba al suyo, lo palmeaba, le agradecía. Nuestros espíritus hacían lo mismo entre nosotros. Nos sentamos a esperar al borde de la nieve. Aquellos inmensos y amenazantes hongos grises de humedad condensada y vientos huracanados en su interior se formaban de repente a velocidad incalculable. Primero era uno, luego surgió otro por delante. Las corrientes los impulsaban en vertical y los hacían bailar. Por el momento no había actividad eléctrica, pero no sería imprudente esperarla, como ocurriera esa madrugada, y como había sido también ayer. Pero aún el cenit estaba calmo cuando los guías decidieron bajar. Inapelable. ¡Esos son guías! Líderes y compañeros que tenían la seguridad de que ya habíamos alcanzado la cumbre a la que nos dirigiéramos, inmaterialmente, aunque probado en nuestra certeza. Por ello permanecimos tranquilos y no nos lamentamos. Un grupo estupendo, mis compañeros.”
Calzamos mochilas y desandamos los doscientos metros en vertical que habíamos ganado. Ahora, la radio habló.
- MausyMausyMausy para Julián.
- Sí…. Julián….
- Pronóstico para los 5500 metros, cambio.
Mausy estaba nublado pero sin amago de tormenta, y los cielos estarían garantizados solo hasta media tarde. Enfilamos al Vallecitos. El día no estaba acabado y la emoción renacía. El trayecto era corto pero empinado, y nuestro ritmo lento.
- Chino, ¿Qué desnivel tenemos hasta la cumbre?
- ¿Qué importa eso?.... Vos caminá.
- Tenés razón (sonrisa)
Éramos un grupo parejo, nunca nadie solicitó una parada ni un descanso extra, ni siquiera Diana, quien ya tenía los tobillos casi en carne viva por culpa de las pésimas botas que le habían tocado. Se la bancó.
El Cerro Vallecitos es el que está justo al fondo del campamento. Se trata de una montaña dual, con dos caras bien distintas. Por el Este es abrupta, de roca viva que cae a pique. Por el fondo, al Oeste, es una ladera de 40 o 45 grados. Cruzamos todo el coll en dirección al norte y encaramos la pendiente de manera sesgada. Nuestra senda discurría por el encuentro ambas caras, un poco por debajo del filo, del lado de la cordillera. Desde allí se veía nítido el Cordón de la Jaula, una sucesión de escarpadas agujas a las que solo se puede acceder por Vallecitos, y por detrás, el Aconcagua, que le sacaba fácilmente medio cuerpo al resto de las montañas. A todo lo largo que daba la vista, de cara al poniente, se abría un sinfín de crestas agresivas, laderas empinadas, manchones de nieve y profundos valles glaciarios que caían más de mil metros. El trayecto se hizo largo, pero el ritmo era sostenible, parecía que en la montaña el tiempo se estiraba. Éramos como el rastro de un inmenso caracol, y solamente Tiziano, de tanto en tanto, se asomaba al filo festoneado de nieve dura, para observar el panorama. Manteníamos el avance por detrás de aquella inmensa falla geológica, sobre su ladera de cascajo descompuesto. Los minutos se hacían interminables, y el silencio era total, con excepción de nuestros pasos y el piqueteo de los bastones. Solo hubo una parada más. Descanso, agua, nueces y pasas de uva. Continuamos del mismo modo, caminando como momias diminutas en medio de la nada. No calculábamos el tiempo, el día parecía infinito y nuestro sentido interior se había mimetizado con ello. Ese es el timing de la escalada. Uno sabe que va lejos, pero al fin, la travesía, el desnivel, la dificultad, quedan superadas por el implacable devenir del lento avance, sigiloso, casi imperceptible desde la perspectiva del tiempo normal. “Y si la montaña nos invita a detenernos, alguna vez que posa su brazo amigo sobre nuestros hombros con su potencia inapelable, el tiempo aún será infinito y placentero, porque tal es la bondad de su caricia, como la de un padre, como la de una madre, que por así serlo merecen nuestro mayor respeto.”, escribía en mi cuaderno. Los últimos metros hasta la precumbre lograron agitarnos, pero ello no fue desgaste, porque ya estábamos arriba. Diego trepó hasta la cumbre y tiró una cuerda fija mientras Tiziano subía por un lateral. Julián armó un arnés de soga y con esa ayuda, uno por uno fuimos escalando y desescalando la cumbre. Un grupo de tres que nos seguía esperaba su turno.
Cuando todos estuvimos listos, nos movimos hacia abajo. Lo hicimos con cuidado a fin de no resbalar en el pedrerío. La travesía inversa que recorría a lo largo el coll de los 5000 se hizo larga, y al llegar al final, encaramos el descenso mayor. El sol había comenzado a derretir la nieve, que ahora era una crema resbaladiza. Los grampones no servían, y la bajada era a bota pelada, clavando los talones y flexionando las rodillas. Afortunadamente, no fueron muchas las patinadas. Abajo, diminuto, se divisaba el campamento de La horcada, solo tres pequeñas tiendas afirmadas en un pedazo de suelo perdonado por la nieve. El agua, una laguna semihelada, se encontraba algo distante, por detrás de un cerro. Diana sufría por sus tobillos lastimados. Al llegar al pie de la ladera, la nieve se hizo más profunda y patinosa. Yo me venía durmiendo de pié y no podía pisar correctamente. Me retrasé acomodando mi mochila. Quedé último, lejos, y me resbalé varias veces. No entendía porqué iba tan lento, solo me quedaba el contacto visual con mis compañeros, pero no me impacienté, no era preciso un mayor esfuerzo. Me dormía, estaba desconcentrado y patiné varias veces más. En La horcada, paramos a descansar, y luego encaramos el último tramo de descenso fuerte, otra vez por roca deshecha y nieve blanda. Ahora puse mayor concentración, debido a la pendiente que se sumaba a la inestabilidad que ofrecía el terreno. Había que pisar bien y cuidar el físico al bajar. La historia dice que son demasiado frecuentes los accidentes en los descensos. Llegamos a la espina de pescado, esa que parece la del Lanin, y caminamos por su filo. Yo seguía durmiéndome de pie, y cuando más tarde le contaba esto a Diego, él me respondió que era natural, el cuerpo busca el descanso, y que a él mismo le pasaba a veces, como le había acontecido en la canaleta que lleva a la cumbre del Aconcagua. “Ese tramo – me dijo – puede llevar 20 minutos o tres horas de esfuerzo máximo, y es usual que uno se duerma apoyado en sus bastones, y cuando despierta no sabe cuánto tiempo pasó”.
Vallecitos es lugar de aclimatación para el Aconcagua. Luego de adaptarse a la altura y subir, como hicimos nosotros, los grupos enfilan enseguida a la mayor cumbre de América y la coronan en cinco o seis días. Por ello, una de nuestras mayores satisfacciones fue descubrir que nuestra experiencia nos había dejado muy cerca de aquel logro potencial. Hacer cumbre en el Aconcagua, eso sí, sería solo una posibilidad, pero ahora más probable. Lanin, Domuyo, Vallecitos – El Plata. Esta progresión nos había enseñado a caminar la montaña, y ahora ella nos sonreía.
“Diana seguía demostrando una entereza memorable. A pesar de haber sido vendados por Julián, sus tobillos le causaban intenso dolor y de tanto en tanto lanzaba un quejido. Ya no sabía que hacer. En la última parte del descenso Julián la guió para que caminara por las lenguas de nieve en vez de las piedras desparejas que causaban roce entre las botas y sus tobillos. No había otra manera de ayudarla.” Por mi parte, en esa última caminata sobre la nieve, patiné y me pegué un porrazo fenomenal. Al rato, El Salto estaba a la vista. Habían transcurrido catorce horas desde aquella madrugada, cuando salíamos en plena oscuridad después de disipado el temor de la tormenta. Partiendo de los 4200 metros, habíamos salvado un desnivel acumulado mayor de 1500 metros, y muy cerca habíamos estado de los 6000, sumado a la estupenda cumbre del vallecitos.
Al llegar, Sergio salió a nuestro encuentro y me preguntó si había pasado el día caminando por ahí. Me di cuenta de que no me había visto esa madrugada cuando marchamos juntos hasta La Horcada. Enseguida nos ayudó. Fue a buscar agua potable para tomar unos mates, como a diez minutos de caminata. Yo me senté en una piedra y por un buen rato no me pude mover, aunque no sentía ningún dolor. Al rato se improvisaba una picada para tirar hasta la noche. No habíamos comido en todo el día. Los cuerpos entrenados se habían alimentado por sí mismos, y la adrenalina había hecho el resto. La montaña es así, no se puede comer mucho en el día de ataque porque la altura puede echar todo a perder. La noche nos sorprendió frente a un buen plato de polenta, y nos fuimos a descansar. Dormí bastante, me di cuenta de ello por el dolor que sentí en los huesos puntiagudos de mi costado al despertarme de madrugada. Entonces, calafateé mi cadera contra el suelo con algo de ropa y seguí durmiendo hasta que el sol pegó sobre nosotros y se sintieron voces en las carpas vecinas. Sergio, que había adelantado su intención de partir rápido para hablar por teléfono con su hija desde Mausy, estaba listo para bajar, y Tiziano se aprontaba a acompañarlo. Creo que desde ayer Sergio había estado preocupado por la ausencia de noticias de su hija, que se encontraba de viaje en el exterior. Por suerte, ese día, desde Mausy, lograría telefonear.


Adiós, Montaña, adiós
Para no despertar a mis compañeros de carpa, salí por el ábside que se encontraba a nuestros pies. Era nuestra última mañana en la montaña y nos juntamos a desayunar. Luego se desarmaron las carpas y se arreglaron mochilas. Pasados tres días sin hacerlo, lavé mi plato y mi jarro para que no ensucien el resto de mis cosas. Al rato, Sergio y Tiziano se perdían de vista y llegaban las mulas que bajarían las carpas y el equipo técnico. Julián emparchó una vez más los tobillos al rojo vivo de Diana, y cuando los animales partieron y el grupo estuvo listo, nuestra presencia en El salto fue ya solo recuerdo.
En Mausy retomamos los vehículos y emprendimos la retirada. Fuimos directo a la terminal. Diana no consiguió pasaje para esa tarde, pero yo tuve mayor fortuna, al costo de perderme el asado de esa noche en el hostelDamajuana. La despedida fue emotiva y me dejaron allí. Hacía un calor infernal. Dado que tenía un par de horas hasta la partida, fui al Savigliano y pedí por un baño. Por una ducha, tuve que pagar la estadía completa de un día. Eso sí, me prestaron champú. Mi cama, que no usaría, era una de las tantas de un apretado dormitorio con varias cuchetas y un vestuario mixto. En el hostel había unas chicas norteamericanas, un muchacho con su hijo, y un par de grupos pequeños que sufrían el calor como la hostia, y yo no entendía porque se encontraban todos ellos enclaustrados en esa especie de horno torturante. Entré al vestuario para afeitarme, me desvestí, me miré en el espejo y no me reconocí. Nunca me había visto con semejante barba. Pasado el momento de curiosidad que siguió a la sorpresa, luego de tres días comencé a lavarme la cara. Corrió barro por mis manos. Yo miraba aquellos hilos marrones corriendo hacia el desagote y no lo podía creer. Empecé a afeitarme en calzoncillos. Una norteamericana abrió la puerta del baño, se asomó y dudó un instante. Sorry – me excusé. Don´tworry – dijo ella, se encogió de hombros y tiró una cáscara de banana en el tacho de basura que había pegado a mi lado. Me duché largamente a chorro pelado y me sequé despacio para no transpirarme. Otra de las norteamericanas pasó al baño. Me refugié en el cubil de la ducha, y la acústica de aquel recinto me dejó oír nítidamente su meada. Salió. Me vestí. No me puse medias porque no tenía limpias. Me calcé un rato las alpargatas para descansar los pies y sacudir mis borceguíes completamente entierrados. Tampoco tenía pantalón limpio, pero había reservado una camisa, la misma de mi vuelta del Domuyo. Había sido un código íntimo con mi esposa, quien me ayudó a armar mis cosas y de esta manera me deseaba éxito. Cuando salí del vestuario, dos de aquellas yanquis se encontraban recostadas en la cama superior de una cucheta, lado a lado, rozando sus cuerpos pegajosos y hablando tristemente, mientras sostenían en alto un celular que parecía contestarles. Una película patética y deprimente, y el calor allí, como el de una cárcel infernal. Salí al patio con mis cosas. Un huésped, lánguido y aburrido en esa tarde ardiente difícil de pasar, estaba esperando por su hijo. Charlamos un poco, luego se sacó la bermuda, quedó en slip y se metió en una pequeña pileta a medio llenar para refrescarse, pero no logró sacudirse el tedio. Acomodé lentamente mis cosas en la mochila y guardé todo en un locker que cerré con candado. Faltaba poco para la hora de partida. Salí a la calle, entré en un bar de la cuadra y pedí un superpancho. Había gente sentada en mesas dentro y fuera del local, incluyendo el muchacho del hostel que se había bañado en slip. Todos tomaban cerveza Andes y ponían su mejor cara de nada esperando que se extinguiera la hora de los zombies. Afuera, una gitana comenzó a incomodar al joven del slip, quien se apresuró a pagar y volver al hostel a darse otro chapuzón de aburrimiento. Engullí el insulso superpancho y regresé por mis cosas. Enseguida, con el sol castigando mi espalda, me sumergí en el túnel que lleva a la terminal. Moría aquella tarde desquiciada y la hora de los zombies estaba por concluir. Ahora, solo me separaban de casa veintiseis horas de colectivo y el esbozo de un relato que acaban ustedes de leer.


Alejandro


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